
Miércoles, seis y cuarenta y cinco de la mañana, calle Bilbao de Madrid, una de las más céntricas de la ciudad. Tirado en el suelo envuelto entre suciedad y telas veo a Fermín, o por lo menos así lo llamo dentro de mí. Fermín Mendigo, como le he puesto de apellido, está intentando resguardarse dentro de la cabina de un cajero, pero sale torpe y desorientado, ante los insultos de algunos que quieren sacar dinero.
Voy hacia el metro, soy una más en medio del reguero, me dan un periódico en la entrada, de esos gratuitos, tan en auge, y veo un titular “Según un estudio del Ayutamiento el 10% de los mendigos de Madrid son licenciados”. Me pregunto qué habrá en la cabeza de Fermín, e imagino que quizá ecuaciones aprendidas en la facultad de geología se enmarañan con el dolor de estómago y la angustia al tener que inventar -un día más-, estrategias más difíciles que cualquier cálculo matemático para poder encontrar, un trozo de algo que se pueda mascar.
Me monto en el metro, y el zumbido del arrancar del tren me hace recordar cómo habrá sido el posible pasado de Fermín, veo a un montón de chavales apiñados en el vagón con sus mochilas de universitarios, y me pregunto cuál habrá sido el estilo del chico de antaño, cómo habrá sido su risa. Su declive. Qué pasó con los demás que le rodeaban. Su familia. Sus amigos. La respuesta es fácil de saber. Basta con verlo para suponer qué fue de ellos. No estaban, desaparecieron.
Paso por mi asidua ruta matinal, otra vez, al día siguiente, a pesar del frío veo a Fermín en la intemperie, lee un libro, le tomo una foto con el móvil a lo lejos, para que no vea que lo hago, “no sólo de pan vive el hombre” dijo Él hace más de dos mil años, pero tampoco vive sólo de ideas, ni de historias. Fermín Mendigo, quién te vio y quién te ve. La rueda de la fortuna parece que, cuanto menos, te ha arrollado.
Hoy paso nuevamente por la calle Bilbao, no hay rastro de ti. Oigo la sirena de una ambulancia, la asocio, “Un Mendigo”, me digo. Rechazo la idea, mi mente va hacia otro lugar. Hacia un campo, una familia, respiras aire puro y siembras trigo, un niño corre, te besa, te levantas, lo coges en brazos, ha cambiado tu apellido, ahora simplemente eres Fermín.
