
Me puse las gafas con urgencia tan pronto las tuve entre mis manos y fue entonces cuando lo vi. Allí estaba, con sus cuatro pares de patas y su cuerpo dividido en dos. Él iba de un lado para otro por toda la casa, mientras mi familia era atacada por intermitentes estados de alergia nasal. Por las noches cuando me quitaba las gafas dejaba de verlo y comencé a soñar con él:en mis oscuros delirios el excéntrico ejemplar vencía su natural ceguera y me miraba mientras derrumbábamos nuestras barreras genéticas.
Al día siguiente me quedé pasmada al ver el titular de una noticia que rezaba: "Una especie de ácaro vuelve a reproducirse sexualmente tras millones de años sin hacerlo". El texto informaba de que la especie llamada "Crotoniidae" tras millones de años de autofecundación había decidido regresar a las viejas costumbres activando su sexualidad con fines reproductivos. La sangre bajó de golpe hasta mis pies.
Todo comenzaba a conjugarse en la evolución: el surgimiento de las gafas con las que podía verlo, y su paso de un ser asexuado a otro de lo más sensual. Comencé a obsesionarme con sus cuatro patas. Me quedaba en casa todo el día, con mis gafas puestas, pero él sólo paseaba a lo lejos mientras mi corazón latía a 3000. Hasta que una tarde tomé la decisión y me acerqué diciéndole: ¿Sabes que el corazón de los humanos late 72 veces por minuto?, pues el mío al verte late a 3000. Tres mil, cuatro mil, cinco mil, mis latidos aumentaban junto a los suyos, pero en nuestro tercer mes dejó de latir, se había extinguido su fugaz esperanza de vida y entre mis estornudos yo y su pandilla celebramos una sobria despedida.