
Tres mil latidos cuando alguien se me acerca. Cero palabras dichas. Cero muestras de interés, todavía arrastro reminiscencias en las que no existe la madurez. Tres mil millones de clímax cuando escribo, y cuando estoy con él. Millones de chapuzones en el mar de la isla, dos hermanas, dos perros muertos en Caracas y una felina blanca en plena adultez. Una vida que se cerró en el suroeste y otra que se abrió cuando un día decidí saltar. Saltar el charco. Obsesiones. Complicaciones. Puntos de no retorno. No hay retorno.
Comienza la transmutación. Me pierdo entre papeles, papeles escritos, sin escribir. Me pierdo en el silencio. Soy una introvertida camuflada. La lucha de tantos años en un país extraño me ha envejecido el alma, sé que no tengo treinta y tres.
Infancia entre fusas, semifusas, negras y corcheas. Niñez y adolescencia entregadas al do-re-mí, saquénme de aquí. De pronto lo dejé por ti: “Ser o no ser, he ahí el dilema”. Lo dejé por Hamlet, por Antígona, por Romeo, por Julieta, por Stanislavsky, por Grotowsky y su pobre teatro, digo, por su teatro pobre. Pero mi corazón es inquieto y después dejé a Teatro por ti y dije ¡Letras a mí!
Letra…tú fuiste la tercera y la vencida. Desde hace más de diez años estoy junto a ti, es más ¡Estamos de aniversario! champán, caviar ¡Y después un baño! Un vestido, un anillo, letra es parte de mi vida, pero también tengo mi lado Vogue, de revista Vogue, es mi diversión escondida, a escondidas, en cuclillas, shhhh, que nadie vea que estoy aquí, en el Vips, en la sección de revistas, llevándote por ahí. Aunque dejé de avergonzarme de ti cuando leí el “Correo femenino” de Clarice. Mi Clarice. Nuestra Clarice [Lispector], porque ahora la comparto con Patricia. Nos rendimos ante ti. Somos… tus plebeyas.
