
Contrario a la que se cree o supone, para gestar una obra literaria se necesita tener el alma medianamente en paz. Rara vez, como bien lo definió Abraham Maslow -psicólogo estadounidense nacido en 1908-, se puede llegar a la auto-realización si las necesidades más básicas (fisiológicas, de seguridad, sociales y de autoestima) no están cubiertas. La desazón lejos de ser un caldo de cultivo para la creación, es muchas veces, un pesticida para la tierra fértil. En un fragmento de “Paula” de Isabel Allende, lo podemos ver con claridad:
“…Hoy es 8 de enero de 1992. En un día como hoy hace once años, comencé en Caracas una carta para despedirme de mi abuelo, que agonizaba con un siglo de lucha a la espalda. Sus firmes huesos seguían resistiendo, aunque hacía mucho él se preparaba para seguir a la Memé, quien le hacía señas desde el umbral. Yo no podía regresar a Chile y no era el caso molestarlo con el teléfono que tanto lo fastidiaba, para decirle que se fuera tranquilo porque nada se perdería del tesoro de anécdotas que me contó a lo largo de nuestra amistad, yo nada había olvidado. Poco después el viejo murió, pero el cuento me había atrapado y no pude detenerme, otras voces hablaban a través de mí, escribía en trance, con la sensación de ir desenredando un ovillo de lana, y con la misma urgencia con la que escribo ahora. A final del año se habían juntado quinientas páginas en una bolsa de lona y comprendí que eso ya no era una carta, entonces anuncié tímidamente a la familia que había escrito un libro.¿Cómo se titula, preguntó mi madre. Hicimos una lista de nombres, pero no logramos ponernos de acuerdo en ninguno y por fin tú, Paula, lanzaste una moneda al aire para decidirlo. Así nació y se bautizó mi primera novela, “La casa de los espíritus”, y yo me inicié en el vicio irrecuperable de contar historias. Ese libro me salvó la vida, la lectura es una larga introspección, es un viaje hacia las cavernas más oscuras de la conciencia, una lenta meditación. Escribo a tientas en el silencio y por el camino descubro partículas de verdad, pequeños cristales que caben en la palma de una mano y justifican mi paso por este mundo. También un 8 de enero comencé mi segunda novela y después no me atreví a cambiar aquella fecha afortunada, en parte por superstición, pero también por disciplina; he comenzado todos mis libros un 8 de enero.
Hace varios meses terminé “El Plan infinito”, y desde entonces me preparo para este día. Tenía todo listo: tema, título, primera frase, sin embargo no escribiré esa historia todavía, porque desde que enfermaste sólo me alcanzan las fuerzas para acompañarte, Paula. Llevas un mes dormida, no sé cómo alcanzarte, te llamo y te llamo, pero tu nombre se pierde en los vericuetos de este hospital. Tengo el alma sofocada de arena, la tristeza es un desierto estéril. No sé rezar, no logro hilar dos pensamientos, menos podría sumergirme en la creación de otro libro. Me vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación podré ayudarte y ayudarme, el meticuloso ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación. Hace once años escribí una carta para mi abuelo para despedirlo en la muerte, este 8 de enero te escribo, Paula, para traerte de vuelta ala vida”.
(Arriba -foto de Isabel Allende-).
1 comentario:
...es cierto....que.....cuando existen necesidades...no es nada fácil desplegar fortalezas a diestro y siniestro.... Ojalá y podamos mantenernos erguidos apagando los fuegos que nos queman por dentro. Pero eso si, como decía mi abuela: “Aunque se queme la casa que no salga humo por las ventanas ni la chimenea” ......Y, es que los hay que disfrutan viendo como otros caen........Si conseguimos mantenernos lúcidos y apagar esos fuegos brillaremos mucho mas y mas tiempo. Admiro a personajes que brillan como Maya Plisetskaya, que a sus 82 años parece que le quedan siglos de vida por lo radiante y lozana que está....
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